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'Canada is back', the foreign policy of Justin Trudeau  

by Colin Robertson

Politica Exterior (en Español)
July 18, 2017

Internacionalista constructivo, el primer ministro canadiense ha recuperado los activos tradicionales de Canadá, centrándose en la defensa del clima, de la mujer y de un comercio diversificado. Su mayor reto es gestionar con tacto y firmeza la relación con EEUU.

Las expectativas eran altas cuando, tras ganar las elecciones de octubre en 2015, Justin Trudeau prometió a los canadienses que restauraría los “caminos soleados” y el crecimiento de la clase media. El primer ministro anunció al mundo “Canada is back” (Canadá ha vuelto). Prometió una política exterior “constructiva y compasiva”, con un regreso al multilateralismo y el foco en el clima, la emigración y la desigualdad. La administración de Donald Trump –proteccionista, populista y unilateralista– supone ahora el mayor reto para el gobierno de Trudeau. Gestionar al Tío Sam –la relación con Estados Unidos es la más importante para Canadá– ha puesto a prueba a los gobiernos canadienses desde el momento de la Confederación, hace ahora 150 años.

En su mayor parte, el primer ministro Trudeau ha cumplido sus promesas respecto a la política exterior. En estos casi dos años de gobierno, la marca internacional de Canadá ha mejorado. Pese a que los canadienses piensan que el mundo es un lugar más peligroso, depositan una gran confianza en la habilidad de Trudeau para gestionar los asuntos internacionales. Pero al mismo tiempo que Canadá celebra su 150 aniversario, Trump presenta un reto personal para Trudeau, al que ha de enfrentarse correctamente.

El método Trudeau y su mensaje

Tan solo unas semanas después de asumir el cargo, Trudeau participó en cuatro cumbres internacionales: la de la Commonwealth en Malta, el G-20 en Turquía, el Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico (APEC) en Manila, y la Conferencia de París sobre el Clima. Ganó aplausos por su encanto personal e impresionó a los líderes extranjeros con su capacidad de escucha. En París, Trudeau y su equipo abrazaron la necesidad de una acción por el clima y trabajaron constructivamente para alcanzar el consenso que dio lugar al acuerdo internacional.

En el tradicional Discurso desde el Trono, por parte del Gobernador General (representante de la reina Isabel II) en la apertura de la nueva legislatura, están recogidas las prioridades del gobierno:

– Reforzar su relación con los aliados, “especialmente con nuestro amigo y socio cercano, EEUU”.

– Centrar la ayuda al desarrollo en la prestación de asistencia a los más pobres y vulnerables del mundo.

– Negociar acuerdos comerciales beneficiosos y perseguir otras oportunidades con mercados emergentes.

– Renovar el compromiso con las operaciones de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas, así como continuar la lucha contra el terrorismo.

– Revisar las capacidades existentes de defensa e invertir en la construcción de un ejército más ágil y mejor equipado.

Multilateralismo y los refugiados sirios

El multilateralismo, sustituido por el anterior primer ministro Stephen Harper y su gobierno conservador por “avanzar para llevarse bien”, ha vuelto. Como expresó Trudeau en la Asamblea General de la ONU en 2016, “eso significa reengancharse a los asuntos globales mediante instituciones como la ONU” (…) “estamos aquí para ayudar”, incluyendo asumir un papel de liderazgo en el reasentamiento de refugiados.

En contraste con el gobierno de Harper, Trudeau prometió durante la campaña electoral proporcionar un hogar a 25.000 refugiados sirios. En enero de 2017, más de 40.000 habían encontrado su nueva casa en Canadá y el primer ministro nombró a un refugiado somalí, Ahmed Hussen, ministro de Inmigración, Refugiados y Ciudadanía.

Política exterior feminista

El empoderamiento de la mujer es un asunto central de la política de Trudeau, en el territorio nacional y en el extranjero. A la pregunta sobre las razones que explicaban por qué la mitad de su gabinete estaba constituido por mujeres, incluyendo a la primera ministra de Justicia de origen indígena, Jody-Wilson-Raybould, y una refugiada afgana, Maryam Monsef, responsable del ministerio de la Mujer, Trudeau respondió: “Porque estamos en 2015”.

Tras consultar a más de 15.000 personas de 65 países, el gobierno canadiense publicó la Política de Asistencia Internacional Feminista como parte del conjunto de medidas de política exterior en junio de 2017. Afirmando que “los derechos de las mujeres son derechos humanos” y que el primer ministro y su gabinete eran todos feministas, la ministra de Asuntos Exteriores, Chrystia Freeland, declaró que tales derechos, incluyendo abortos legales y seguros “se encuentran en el núcleo de nuestra política exterior“. Estas medidas hay que entenderlas en el contexto de la decisión de la administración Trump respecto a la retirada de los fondos a las agencias de la ONU que apoyan el aborto. Así, en el Día Internacional de la Mujer, Trudeau anunció una inversión de 650 millones de dólares destinada a financiar proyectos de la ONU para educación sexual, servicios de salud reproductiva, planificación familiar y el uso de anticonceptivos.

La nueva, y feminista, política internacional de ayuda se marcó seis objetivos: igualdad de género y empoderamiento de las mujeres y niñas; un crecimiento que funcione para todo el mundo; acción respecto al medio ambiente y el clima; una gobernanza inclusiva; paz y seguridad, incluyendo un mayor papel de las mujeres en operaciones de paz; tolerancia cero hacia la violencia sexual y el abuso por parte de las fuerzas de paz. Las nuevas medidas, que se alinean con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU (ODS) y el Acuerdo de París sobre el Clima están encaminadas a asegurar que al menos el 95% de la ayuda exterior canadiense se destina a la mejora de las condiciones de vida de mujeres y niñas.

Finalmente, la política exterior feminista de Trudeau incluso ha logrado el respaldo del presidente Trump, que acogió una reunión de mujeres emprendedoras de los dos países durante la visita del primer ministro a EEUU en febrero de 2017. Trump también hizo referencia a esta iniciativa en su declaración conjunta ante el Congreso.

Gestionar al Tío Sam

Si bien todos los líderes mundiales comparten la preocupación por la seguridad y el crecimiento económico nacional, los primeros ministros canadienses hacen frente, además, a retos adicionales respecto a la unidad nacional y las relaciones con EEUU. En su único discurso sobre política exterior previo a su elección, Trudeau prometió “un cambio en las relaciones entre EEUU y Canadá”. Reconoció la sabiduría del primer ministro conservador Brian Mulroney (1984-93) por haber identificado la gestión de estas relaciones bilaterales como un deber clave de su cargo.

Desde su llegada, Trudeau estableció una relación de confianza con Barack Obama respecto al cambio climático y compartían un compromiso con el internacionalismo liberal progresista. El conocido “bromance” fue visible durante la visita de Trudeau a la Casa Blanca en marzo de 2016, así como en la visita de Obama a Ottawa tres meses después en la “Cumbre de los Tres Amigos”.

Las relaciones con México, el tercer amigo, se restauraron en junio de 2016, cuando Trudeau cumplió su promesa de levantar la restricción de visados impuesta por el gobierno de Harper. El levantamiento está incluido en el enfoque conjunto de Canadá y México para las próximas negociaciones en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta, en inglés).

La victoria de Trump, con campaña proteccionista y populista recogida en su “América primero”, forzó a Trudeau a reajustar su gobierno y priorizar las relaciones con EEUU. Esto explica que en enero la hasta entonces ministra de Comercio Internacional, Chrystia Freeland, se convirtiera en ministra de Asuntos Exteriores, conservando la responsabilidad sobre el comercio norteamericano. Freeland junto al ministro de Defensa, Harjit Sajjan, y el de Finanzas, Bill Morneau, viajaron a Washington para conocer a sus homólogos en la nueva administración Trump. Es importante destacar que realizaron una visita al Capitolio donde se reunieron con líderes destacados del Congreso. Trudeau pronto seguiría esta iniciativa con una visita de trabajo al presidente Trump. El acuerdo sobre un programa para el futuro incluía aumentar las economías compartidas, la seguridad energética, medio ambiente, seguridad fronteriza, aliados en el mundo y el empoderamiento de las mujeres emprendedoras.

Desde entonces ha habido un tránsito constante hacia el sur por parte de los ministros de Trudeau, dirigentes provinciales y legisladores de todos los niveles, y no solo a Washington, sino también al resto de EEUU. Es evidente que el foco se ha centrado en el país de Trump. El mensaje que se transmite es el siguiente: Canadá es un aliado fiable, un socio comercial leal, y el comercio y la inversión canadienses crean empleos en EEUU. La energía canadiense alimenta la economía estadounidense y mantendrá el renacimiento energético norteamericano prometido por Trump.

Aunque tales esfuerzos no han sido probados aún, según New York Times, “a diferencia de cualquier otra cosa intentada por otro aliado, la campaña silenciosamente audaz para persuadir, contener y, si fuera necesario, coaccionar a los estadounidenses (…) ha tenido éxito en gran medida (…)”.
Declaración de política exterior y revisión de defensa

La relación con EEUU estuvo en el corazón del discurso sobre política exterior de la ministra Freeland de junio de 2017, que estableció las prioridades de Canadá. Presentado ante el Parlamento de Canadá, el discurso fue en muchos aspectos una evocación “de regreso al futuro” de los principios de la diplomacia pearsoniana que caracterizaron la política canadiense durante gran parte del periodo de posguerra. Canadá está buscando un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU, declaró Freeland, “porque queremos ser escuchados”.

Ante la crisis de confianza en la globalización, Canadá apuesta por apoyar a la clase media y a quienes quieren entrar en ella

La ministra reafirmó la posición del país como una “potencia media” con un “gran interés en un orden internacional basado en reglas. Uno en el que el poder no tendría siempre la razón. Uno en el cual los países más poderosos están limitados en su trato con los más pequeños por estándares que son internacionalmente respetados, aplicados y mantenidos”. Freeland identificó dos desafíos globales primordiales:

En primer lugar, la rápida aparición de potencias del Sur y Asia –preeminentemente China– y la necesidad de integrar a estos países en el sistema económico y político mundial, de manera que se preserve lo mejor del viejo orden que precedió a su ascenso, pero que a su vez aborde la amenaza existencial del cambio climático.

En segundo lugar, un agotamiento en Occidente de la creencia entre los trabajadores y la clase media de que el sistema globalizado puede ayudarles a mejorar sus vidas. Estamos ante una enorme crisis de confianza, que tiene el potencial, si lo permitimos, de socavar la prosperidad global. La clave para abordar esos problemas, según Freeland, es proporcionar a la clase media, y a quienes quieren incorporarse a ella, un mayor apoyo y un enfoque que en Canadá incluye la acogida del multiculturalismo y la diversidad.

Reconociendo el papel “indispensable” que desempeña EEUU en la preservación del orden mundial, la ministra identificó los múltiples frentes de la relación bilateral: “desde la seguridad fronteriza, a la defensa de Norteamérica a través del Mando Norteamericano de Defensa Aeroespacial (Norad), la lucha contra Daesh, los esfuerzos en la OTAN, el fomento y la mejora de la relación comercial, que es la más fuerte en el mundo”. A diferencia de anteriores gobiernos liberales, Freeland fue muy clara sobre la prioridad en la defensa. La ministra denunció sin ambages a Rusia respecto a la invasión de Ucrania y afirmó que la OTAN y su artículo 5 están en el corazón de la política de seguridad nacional de Canadá. “El uso de la fuerza con principios”, declaró Freeland, “junto con nuestros aliados y gobernados por el Derecho Internacional, es parte de nuestra historia y debe ser parte de nuestro futuro”.

El gobierno de Trudeau, según Freeland, hará las “inversiones necesarias en el ejército, no solo para reparar años de insuficiencia de fondos, sino también para poner a las fuerzas armadas canadienses en una nueva base, con el equipo, la capacitación, los recursos y una financiación consistente y predecible para poder llevar a cabo un trabajo difícil y peligroso”. Confiar únicamente en el paraguas de EEUU haría de Canadá un “estado cliente”, en palabras de Freeland.

Al día siguiente, el ministro de Defensa Sajjan anunció la nueva política de defensa, “fuerte, segura y comprometida”: fuertes en casa, seguros en Norteamérica y comprometidos con el mundo. El énfasis en el propio país, en América del Norte y después en el mundo es consistente con el enfoque canadiense. Entre los compromisos específicos en materia de defensa, Sajjan indicó los siguientes: aumentar el gasto en defensa del 1% al 1,4% del PIB para 2024; adquirir 88 aviones de combate avanzados para reemplazar a los viejos CF-18, y la construcción de 15 navíos de combate para sustituir a las fragatas existentes y a los destructores retirados; aumentar las fuerzas regulares entre 3.500 y 71.500 soldados, y las reservas entre 1.500 y 30.000, además de reducir el tiempo de reclutamiento de meses a semanas; aumentar la presencia de mujeres en las fuerzas armadas en un punto porcentual al año hasta alcanzar el 25% en 2026.

Los críticos de la política exterior de Trudeau sostienen que el gasto en defensa sigue siendo inadecuado en relación con los aumentos prometidos, y que están por debajo del compromiso del 2% del PIB marcado por la OTAN. No se hizo referencia a si Canadá se uniría a la defensa de misiles antibalísticos, tal como recomendó por unanimidad el Comité de Defensa Nacional del Senado en 2014. Tampoco se precisó en qué momento el gobierno debería cumplir con su compromiso de agosto de 2016 de enviar 600 soldados a operaciones de paz.

En lo que respecta a ayuda al desarrollo, Canadá actualmente destina el 0,26% del PIB en ayuda extranjera, lejos del objetivo de la ONU de alcanzar el 0,7% establecido por el gobierno de Lester Pearson en la década de los sesenta. La directora del Consejo Canadiense para la Cooperación Internacional, Julia Sánchez, expresó: “no entendemos cómo se va a lograr esa meta sin nuevos fondos”.

La búsqueda del compromiso

Los canadienses son gente progresista pero también prudente. Son liberales acerca de cuestiones sociales pero tienden al conservadurismo cuando se trata de la gestión de su dinero. Como pueblo, y debido a su clima, recursos, geografía y demografía, los canadienses se sienten obligados a encontrar consenso y compromiso. Sus recursos, ricas tierras de cultivo y grandes cantidades de energía, incluidos combustibles fósiles, son las joyas de la familia, pero la sostenibilidad del país y del entorno requiere cuidado y conservación.

Canadá es el segundo país más extenso del mundo, abarca 4,5 zonas horarias y posee la costa más larga del mundo. Todo esto exige mucha innovación e ingeniería para desarrollar comunicaciones marítimas, así como unas infraestructuras de transporte duraderas.

Uno de cada cinco canadienses nace fuera de Canadá. En nuestra ciudad más grande, Toronto, ese número se eleva a la mitad de la población. Una gestión eficaz del pluralismo es vital para la buena gobernanza. Como ciudadanos del mundo, pero de una forma más acentuada que la mayoría de las nacionalidades, el sentido de identidad de los canadienses deriva de cómo son percibidos por el resto del mundo. Ellos quieren ser, y quieren ser vistos, como internacionalistas constructivos y, por tanto, desempeñan un papel de puente, eje y figura útil en la resolución y gestión de los asuntos globales. Estas son las realidades que el primer ministro Trudeau debe manejar en beneficio de Canadá.

Desde la Confederación, la política exterior canadiense se ha construido alrededor de la realidad de vivir con el Tío Sam; en el pasado una amenaza pero durante más de un siglo un amigo y aliado, cuyo mercado sostiene la prosperidad canadiense y cuyo paraguas de seguridad nos protege.

Para mitigar la poderosa influencia cultural y económica de EEUU, los sucesivos gobiernos canadienses han adoptado la seguridad colectiva como estrategia de defensa, el multilateralismo en política exterior y la diversificación comercial. Estas opciones han respondido a la búsqueda del equilibrio, algo especialmente necesario con la administración Trump. La renegociación del acceso preferente al mercado estadounidense es la máxima prioridad de Trudeau porque reconoce que de ello depende la prosperidad canadiense.

Justin Trudeau y Donald Trump son polos opuestos en asuntos como el clima, la migración y el multilateralismo. Pero Trudeau sabe que la única relación primordial es aquella que mantiene con el presidente de EEUU. La pretensión de encontrar un terreno común con Trump sobre la creciente clase media y abordar la desigualdad está funcionando, pero pasará por distintas pruebas en el futuro.

Como sir Wilfrid Laurier, el primer primer ministro liberal de Canadá que popularizó el concepto “caminos soleados”, Trudeau es carismático y un activista natural. Si puede cumplir su promesa y satisfacer el sentido de soberanía de los canadienses, entonces, al igual que Laurier, Trudeau mantendrá la confianza de los canadienses en su líder.

Image credit: Government of Canada

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